Nunca el mundo me había parecido más grande que el día que empecé a tener miedo de él. Sentir el peso del mundo sobre mi cabeza al sacar la punta de mi calzado a la calle. Retirar el pie y pensar que quizás lo intentaría mañana, con mejor ánimo o cuando ésta pesadilla hubiese acabado, si es que alguna vez lo hacía. Sino, imaginarte, como una vieja loca atrapada entre tus cuatro paredes, viviendo otras vidas a través del televisor, sin atreverte siquiera a mirar a través de las cortinas. El mundo, un gran monstruo que quizás me aplastaría, sino lo había hecho ya.
Una enfermedad psicológica rara. Una fóbia realmente incapacitante. Las crisis de ansiedad y pánico se sucedían irremediablemente cuando intentaba asomar mi nariz al exterior.
La gente caminaba por las calles sin temor, eso me parecía temerario. Las envidiaba en el fondo, o quizás no tan en el fondo. Hacer planes ahora era imposible. Las excusas se sucedían una tras otra, cuando las amistades y familiares te invitaban a sus casas o a excursiones en sitios donde ni soñarías ir. Mi meta más cercana la panadería de la esquina.
Soñé que caminaba por la calle sin temor y caundo desperte, repleta de sudor y asustada, me tapé con las sábanas , intentando hibernar como los osos. Imposible. El día empezaba y yo con él.
Varias pastillas relajantes y a intentar ser una persona como todas. ¿Lo notaran en mis ojos temorosos? ¿en el temblar de mis manos?.
Como hormigas, diviso a la gente desde mi ventana. En un ir y venir constante.
Cansada antes de empezar el día, busco una excusa para quedarme en la cama. Esperando que la pesadilla acabe.
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AGORAFOBIA Y YO
@ 09/01/06 – 13:53:08